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“¿Por Qué Ha Decaído tu Semblante?”

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“¿Por Qué Ha Decaído tu Semblante?”

 

¡Cuan a menudo en estos días oímos a las personas quejarse de depresión!  Algunas veces la queja (o inconformidad) es hecha como una excusa para el pecado – por faltar a los servicios, por un despliegue incontrolado del temperamento, por beber o por inmoralidad sexual.  La suposición es que nuestros sentimientos no pueden ser controlados; por tanto, los pecados causados por nuestros sentimientos son inevitables y excusables.  En realidad, nuestros sentimientos de depresión son muy a menudo, si no siempre, un resultado del pecado y del manejo inadecuado de la culpa que lo asiste. 

 

Caín es un ejemplo excelente.  Génesis 4:5 describe a Caín como muy enojado, con su semblante decaído – una descripción clásica de depresión.  Dios le pregunta en el v.6:  “¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?”  Luego Dios hace una declaración significativa:  “Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo” (Gén. 4:7 – LBLA). 

 

Al menos cuatro cosas están implicadas claramente en estas palabras de Dios:  (1) La caída del semblante de Caín (la depresión, mala cara) fue el resultado del hecho de que no había hecho lo bueno.  (2) Su semblante y depresión podía ser levantado si se arrepentía y cambiaba su curso si “bien hicieres”.  (3) Si falló en arrepentirse, su depresión (mala cara) resultaría en fomento al pecado, empezando una espiral descendente de pecado, culpa, depresión, pecado, culpa, etc.  (4) La elección era suya – podía ir en cualquier camino. 

 

Todos hemos pecado, tal como Caín lo había sido.  Pero somos advertidos contra “el camino de Caín” en el trato con nuestro pecado (Judas 11).  Por tanto, deberíamos estudiar cuidadosamente sus errores para evitarlos. 

 

Primero, él trató de expiar su pecado a su manera antes que a la manera de Dios.  Desde el tiempo de Caín, quizás una mayoría de la humanidad ha seguido su ejemplo.  El intento de Israel en esto es descrito por el apóstol Pablo:  “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Rom. 10:3).  Esta es la misma esencia de la incredulidad.  Hoy día, cualquier individuo que haga caso omiso del plan de Dios para la salvación e intente hacer su propia propiciación o invente sus propias condiciones de perdón está cometiendo el mismo error de incredulidad hecho por Caín. 

 

Segundo, cuando Caín fue reprendido, se enojó y deprimió (desanimó).  Millones en nuestra sociedad están precisamente donde estuvo Caín.  Han pecado y han sido censurados (condenados) – quizás por los padres, por los profesores, por los compañeros, por los ancianos, o quizás por su propia conciencia.  Sin tener en cuenta la fuente, comprenden su culpa.  Pero, renuentes a arrepentirse, se enojan y deprimen (desaniman).  Esta reacción es evidente en la casa de un joven o chica que permanece encerrado en un cuarto no queriendo comunicarse con el resto de la familia, o en el marido o esposa que en un silencio poco amable trata a un cónyuge con menosprecio y desafío.  Es visto en la iglesia en aquellos que dejan de asistir y se vuelven cada vez más difíciles de contactar, o que se marchan con gran enfado a otra congregación.  La ociosidad, el orgullo, el resentimiento, la bebida, las malas compañías, la pornografía, la codicia y una cantidad de otros pecados promueven la depresión (el decaimiento), y nos trae a la misma encrucijada en la que Dios desafío a Caín. 

 

Tercero, Caín manejó su depresión de mala manera.  Como ya se notó, él pudo haberse arrepentido del pecado que cometió y su rostro habría sido levantado.  En lugar de eso, tenía envidia de su hermano cuya única ofensa fue excederlo en justicia.  Permitió que su envidia se desarrollara en odio y su odio en homicidio.  Aun no arrepentido y lleno de resentimiento, le mintió a Dios cuando le preguntó acerca del paradero de su hermano.  Caín estaba en esa espiral descendente de la cual había sido advertido, una espiral de la cual aparentemente nunca escapó.  Aun mas triste, al menos ocho generaciones continuaron en ese mismo derrape (resbalar) hasta que vino el diluvio y destruyó a todos los descendientes de Caín. 

 

No tenemos que ir por “el camino de Caín”.  Cuando nos encontremos deprimidos, enojados, nuestro semblante caído, Dios nos dice como lo hizo con Caín:  “... el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo” (Gén. 4:7).  Podemos identificarlo, arrepentirnos de este, confesarlo y ser perdonados con todo el gozo que el perdón trae. 

 

“3 Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.

4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano.

5 Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.  Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.

7 Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás” (Sal. 32:3-5,7). 

 

[Christianity Magazine, Vol. 5, Pág. 69, Sewell Hall].

 

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